Hoy vamos a participar del desafío que nos propone Lida Castro Navas. Nunca me niego a una invitación a Jugar y sobre todo si es escribiendo.
Escribir siempre fue una actividad necesaria para mí, una forma de sacar mis sentimientos, emociones, pensamientos. Una vez en el papel, poder leerme hizo que también aprendiera a conocerme. Cada cuento tiene algo de mi mirada, Andando por la vida y mirando, colecciono vivencias propias y ajenas para luego convertirlas en historias. Espero que, cuando me leas, encuentres un momento para vos, para conectarte con la fantasía, la posibilidad de recorrer mundos de emociones a través de mi mirada
Sin tiempo
Desde lo alto
El ave se posó en el risco luego de haber volado muchos kilómetros. Había restaurado el nido y alimentado a las crías. Eludió varios depredadores y atacó a otros. Luego de sortear las fuertes lluvias decidió tomar un descanso para tomar fuerzas y reiniciar su vuelo que la llevaría a su nido, para restaurarlo nuevamente, alimentar a sus crías y ahuyentar a los depredadores.
El Plan Perfecto
La planificación empezó desde el
día en que el doctor dijera - ¡es una nena! A partir de allí, mi madre se
dedicó a enseñarme todo lo que debía saber una mujer: Vestir de rosa, el pelo
siempre arreglado, las tareas domésticas, aprender a ser una mamá practicando
con muñecas.
No sé si el problema empezó
cuando me parecía más divertido jugar a los detectives o a la pelota que vestir
a bebés de plástico. Lo cierto es que, de todos modos, el plan se plantó en mi
cerebro con mucha eficacia, por lo que a partir de los doce años,
aproximadamente, mi objetivo único, fundamental, imperioso y determinante fue
CONSEGUIR UN NOVIO.
Las novelas de la tele me daban
pistas. Tendría que ser una sirvienta en casa de alguna familia adinerada con
un hijo soltero. Mantenerme virgen e impoluta hasta que el joven heredero se
cansara de salir con todas sus pretendientes hermosas, millonarias y malvadas y
entonces me vería, se enamoraría y ¡listo! Matrimonio asegurado.
Claro que no me entusiasmaba
mucho eso de ser sirvienta; además yo no había nacido en el campo como todas
las protagonistas, ni era huérfana, por lo que ese guion mucho no me cuadraba.
Ya había descartado lo de
pincharme el dedo con un huso (nadie usaba eso en el siglo XX). No conocí a
ningún enano, por lo que conseguir siete era prácticamente imposible. Mi
hermana se asemejaba bastante a una hermanastra bruja, me mandaba a hacer sus
tareas, pero lo más parecido a una gran fiesta era el cumpleaños de mi tía Nina
y los invitados eran primos de mi edad que lo único que tenían de príncipes era
la P de pubertad. (Ya sé, pensaron que iba a poner pelotudo, pero esa palabra
no corresponde).
Para mi desgracia, me mandaron a
un colegio de monjas. ¡Sí, de monjas! Escuela de señoritas. Tooodas mujeres.
Los profesores eran tan viejos como mi papá. No había chicos, ni uno. De hecho,
era difícil conseguirlos para los cumpleaños de quince, por lo que rogábamos
que alguno apareciera colado en la fiesta.
Había que seguir con el plan, al
fin y al cabo había nacido nena y si no pretendía convertirme en Sor Silvia,
debía encontrar una solución a la escases de consorte que ya me estaba
preocupando.
Pensarán que lo mío era un tema
de exigencia, que ninguno me venía bien- No, no. Se equivocan. Simplemente no
había novio posible.
Todos los sábados preparábamos el
anzuelo con polleras cortas y tacos agujas y con mis amigas salíamos a bailar.
Alguna volvían con su presa; yo, espantaba borrachos que corrían a mis brazos
cuando comenzaban los lentos.
Debo confesar que me creí desahuciada…
Diecisiete años, dieciocho, veinte… y nada. Uno que otro filito, como les decía
mi mamá, pero no pasaban la prueba de tolerancia.
Hasta que llegó el indicado.
Bueno y trabajador, como estaba planificado y grabado a fuego desde la cuna.
Educado, de buena familia (hasta que conocí a mi suegra, pero esa es otra
historia).
Mamá feliz, papá resignado pero
aceptando; hermana contenta con cuñado, sobrinos con nuevo tío y yo por fin
sería igual que mis amigas: “casada y lista para comer perdices el resto de mi
vida”
Vestido blanco, alfombra roja,
iglesia llena. Fiesta con parientes y amigos. Vals con papá y tíos. Regalos
elegidos y otros inútiles.
Claro que nadie te cuenta cómo sigue el cuento después
de la boda. Estuve por denunciar a una revista para padres que decía que los
partos no eran dolorosos. Mis amorosos angelitos no me dejaron dormir durante
tres largos años. Me convertí en la antítesis de la moda y descubrí que el plan
se estaba cumpliendo con ciertas modificaciones: Me pinché varias veces con sus
dientes (no un huso). Mis niños y sus amigos eran peores que enanos con
martillos y yo me convertí en una madrastra gritona con mis propios hijos.
Ah, pero eso sí. El plan se había
cumplido… Bueno, hasta que el príncipe consorte se levantó un día y me comunicó
que no quería seguir en el palacio.
¿Y ahora? No había plan B; no me
habían entrenado para eso con las muñecas.
Por suerte había jugado a muchas
otras cosas. Había aprendido a trepar árboles y ser intrépida, a inventar
juegos, a pelear por lo que quería. Así que cambiamos el plan. No esperé que
nadie más viniera a ver si encajaba en el zapato de cristal. Me compro mis
propios zapatos y sigo sin plan para evitar más fracasos.
Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve. ¡Cien!
¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma! Despegué mi cabeza del brazo
apoyado en la fría pared de cemento del patio de Doña Cata. Miré alrededor
esperando encontrar algún fugitivo. Dani fue el primero en asomar su rubia
cabeza detrás de la puerta de entrada; la ansiedad siempre le había jugado en
contra cuando jugábamos a las
escondidas.
Nuestros encuentros era lo mejor de las visitas a los
parientes del barrio. Mientras mamá destejía los chimentos junto con la lana y
la tía Negra armaba la madeja de comentarios, yo me juntaba con los chicos de
la cuadra. Nos quedábamos en el enorme patio lleno de plantas y macetones de
colores
Campeona indiscutible de rayuela, inventora de trucos con el
elástico, mis rodillas estaban tatuadas con las baldosas de la vereda. Las uñas
sucias por la payana y el pelo revuelto de pura vida de niña.
Esa tarde era distinta, un nuevo integrante se había
acoplado a nuestras competencias de habilidades. El primo de Dani había llegado
de visita con aires de superado, zapatillas nuevas y un enorme reloj Seiko en
su muñeca (ninguno de nosotros usaba reloj, eso era solo para los mayores). Con
aire de autoridad desafiante dijo: “ustedes juegan mal a las escondidas, tienen
que tocar al que encuentran, no vale con gritar desde lejos, juegan como
nenitos.”
Mis orgullosos diez años de edad se sintieron heridos.
¿Nenita yo? Nenita se les dice a las cobardes, a las que se preocupan más por
sus zapatitos de charol que por ganar una buena carrera. Nenita sonaba a sos
poca cosa. Y yo era la campeona del grupo, no una nenita.
Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve… ¡Cien!
Grité para que se oyera en todo el barrio que estaba lista para la cacería.
Dani, Nancy, Laurita y Gaby ya habían sido encontrados. Uno a uno los fui descubriendo,
solo faltaba el señor Seiko a quien iba a demostrarle quién seguía siendo la
campeona.
No estaba en el patio, creí que habría ido a la calle y me
disponía a salir cuando una sombra apareció en la ventana de la habitación del
fondo. El corazón se aceleró. ¿Cómo ir a buscarlo sin tener que entrar allí? La
enorme puerta de madera de doble hoja había sido abierta y su oscuro interior
parecía invadir nuestro patio de juegos. No sé si era mi miedo, mi angustia, la
sensación de que se había cometido un sacrilegio, pero podría jurar que la
habitación respiraba tan agitadamente como yo.
Comencé a acercarme despacio, los chicos me agarraban de la ropa y me
pedían que no fuera, que lo dejara. Pero mi orgullo herido batallaba en mi
interior con el pánico que me generaba la habitación del fondo. Vi brillar el
reloj dentro, indudablemente el grandulón estaba allí, sin saber que estaba
entrando en la última morada de toda nuestra familia.
Puse un pie en el piso de madera crujiente, las sillas aún
estaban colocadas en círculo alrededor de donde siempre se ponía el cajón con
el difunto. El frío me hizo contener la respiración y cada paso que daba
retumbaba en mis caderas. La puerta se cerró, sola… Un olor penetrante a
claveles invadió mi nariz, me arrancó lágrimas y nubló mis ojos. Todos los
lamentos, todos los quejidos, todos los rezos y letanías me aturdieron.
Noventa y nueve y cien… escucho que alguien dice desde el
patio. Y por la ventana los veo jugar, siguen corriendo con el señor Seiko que
me mira de lejos y sonríe con maldad.
Elegí el último día del mes de septiembre para arrancar con este blog. La intención es convencerme de que no necesita ser el primer día de nada para inicar algo. Empezamos la dieta el lunes, realizamos la planificación del año el 1 de enero y, sin embargo, esas fechas son aleatorias. El principio o el fin lo determinamos nosotros.
Podemos comenzar lo que sea cuando sea, no importa si soy la última de la fila, si estoy en el medio o al principio, lo que importa es mi paciencia y mi estado de ánimo durante la espera.
¿Cuántas excusas fueron acunadas en los brazos del calendario? el "es demasiado pronto" o "a esta altura no voy a cambiar" son solo frases para convencernos de que el problema lo tuvo el tiempo, el reloj, los años, la vida... y en realidad siempre fuimos nosotros los responsables.
Pero la idea era contarles que este blog tiene como objetivo contarles mi mirada sobre lo que veo, siento, pienso, escucho y percibo del mundo que me rodea.
Tal vez coincidamos, tal vez no. En el intercambio de miradas crecerá mi mundo, y espero que el tuyo también.
Los grandes filósofos se dedicaron a cuestionar todo. Soy una convencida de que todos somos filósofos de la vida, solo basta con permitirnos preguntar, indagar y bucear en lo que creemos conocido para encontrarle otros significados y valores
Te invito a recorrer conmigo este camino de andar cuestionando para que tu mundo y el mío se expandan sin límites
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